“Hay que aportar al concierto de la ciudad” :: ÁNGEL BARCELÓ

Nació en Mar del Plata y está radicado en la zona desde que tenía 26 años. Ángel Barceló es un arquitecto en movimiento: mantiene la firme convicción de que nada permanece, todo se transforma y hay que ir adaptando los proyectos a ese devenir. Afirma que al sur “lo trajo el viento” y tiene la premisa de pensar en el entorno como formador de la obra.

POR MOIRA TAYLOR FOTOS ERIC R. SCHROEDER
FOTO APERTURA ERIC R. R. SCHROEDER

 

“Las obras son fruto del carácter y el carácter es forjado por el paisaje”, asegura el arquitecto Ángel Barceló. Tenía 26 años cuando llegó a la región y desde entonces, gracias a distintos profesionales que fueron una guía en su carrera, se fue especializando en construir con y para el ambiente. “En aquel entonces, quienes arribaban a la zona veníamos con otra formación, otra arquitectura. Había que aprender y re-aprenderse como profesional”, cuenta mientras se acomoda un peinado alborotado por la primera tormenta de verano, que afuera, enmarca nuestra charla. Al llegar a la Patagonia, los recursos y el contexto se transformaron en protagonistas de su proceso. Esa orientación descubrió en él una mirada sustentable y por tanto una manera de proyectar y construir. Un hacer que se deja entrever en cada detalle del edificio que alberga nuestra charla, un diseño propio en pleno centro de San Martín. Un cafecito de pueblo que nos cuenta más de él que sus palabras. Un encuentro que nos llevó desde el mar a la montaña, desde la ecología al crecimiento inevitable. Un diálogo que nos permite adentrarnos en un pensamiento diferente y en un arquitecto siempre en movimiento.

¿Cuáles son los desafíos de construir en el sur?
– Los mismos desafíos que tiene construir en cualquier lado: dar buenas respuestas a las condiciones particulares del lugar, con los recursos disponibles. En el caso particular de la región andino patagónica, hay abundancia de terrenos en pendiente, bosques, lagos, ríos y montañas, que aportan y condicionan la arquitectura, porque esos paisajes la albergan, la sostienen estéticamente, le transfieren su esencia. En nuestra región, al no haber una amplitud térmica muy marcada, se hace necesario aislar y aportar energía en invierno, y se evita tener que refrigerar en verano. Con recursos de proyecto se pueden dar buenas respuestas no sólo al clima sino a la ecología.

¿Y San Martín en ese contexto?
– Acá hay un ambiente urbano, valioso, que merece ser cuidado y protegido. Y cada obra que se construye le aporta o le quita algo a ese concierto.
Hay expectativas de los habitantes y de los visitantes. En su rol de destino turístico, San Martín de los Andes se muestra como un lugar amable y de buena calidad de vida, que integra al que lo visita. Y no una escenografía que esconde a los lugareños detrás de bambalinas. El turista es huésped. Participa de la comunidad que lo recibe.

El concepto “el concierto de la ciudad”, ¿es una manera de entender y hacer la arquitectura?
– Lo urbano es una entidad superior a la arquitectura. Es lo que surge de la suma de todos los edificios que aportan a la conformación del tejido urbano, formando los llenos y vacíos del espacio público, a través del cual se vive y percibe la ciudad. Cada edificio aporta su exterioridad al espacio público, y éste es un bien común, es propiedad y atributo de la ciudad. Es lo que la individualidad ofrece al patrimonio que es de todos. Cuando proyecto pienso primero en este aspecto. Me pregunto cuál será el aporte, cuál es el rol que el edificio debe cumplir en el concierto urbano. Es un instrumento más de la orquesta. Es preciso percibir la función que el edificio tendrá en el juego de los elementos que conforman la ciudad. O se corre el riesgo de desarticular en vez de armonizar. Y luego, no menos importante, está el aspecto privado: lo que es propio de cada edificio y de sus habitantes, el espacio de uso, de vida, al que sólo acceden los que lo viven y lo usan.

Era muy interesante lo que definías en torno a la trama social que se desarrolla cuando todas las piezas del rompecabezas forman una ciudad, una comunidad.
– La ciudad es como el cerebro: hay un montón de células que se relacionan entre sí por vínculos complejos. Así funciona también la dinámica de una ciudad. Cada uno hace lo suyo, pero en la interacción surge un ente que es el resultado de la acción de todos. Cada ciudad tiene un cuerpo y un alma que les son propios, que le dan su carácter y su identidad. Particularmente, aprecio vivir en una pequeña ciudad, o pueblo grande, como es San Martín de los Andes, donde uno tiene la posibilidad real de participar e incidir en el modelado de la ciudad. Los gobernantes no son seres mediáticos y desconocidos. Son gente del pueblo, con los que se puede hablar en la calle, eso da un fuerte sentido de pertenencia a la comunidad y a la labor como arquitecto.

Hablás del desarrollo y de una arquitectura sustentable como la base para todos tus proyectos. ¿Qué es hablar de edificios sustentables?
– Hoy no se puede pensar un edificio sin tener en mente las cuestiones ambientales: la sustentabilidad, no ya del edificio, sino del planeta. Más de la mitad de la energía que se consume en el mundo está destinada a la construcción y la operación de los edificios. La economía de energía se debe pensar desde el proyecto, se debe incorporar en el proceso de pensamiento. En materia de energía, lo que se agrega después es para paliar lo que el diseño no pudo lograr por diversas causas. Y además con el desafío de que en Argentina, donde la energía es barata, no es fácil rentabilizar el mayor costo que implican los sistemas alternativos energéticos. Me guío por corrientes que utilizan al ambiente como una herramienta y no como un elemento a combatir. En este mismo sentido, el mundo ha revalorizado la madera como un material eficiente y moderno. Es un recurso renovable: se corta un árbol, se planta otro. Se hace con energía solar (por el proceso de fotosíntesis). Tiene la capacidad de capturar el dióxido de carbono que está sobrando en la atmósfera por la combustión de hidrocarburos. Es el material que menos energía requiere para su producción. Se necesitan ocho veces más de energía para producir un kilo de acero que un kilo de madera. En mi arquitectura hay mucha madera. Sobre todo en las estructuras, que es dónde es más eficiente. Tiene gran resistencia con muy poco peso. Los árboles son eso: estructuras naturales de madera.
No uso la madera decorativamente. La uso tecnológicamente por sus ventajas, por sus conveniencias. Y a partir de allí se define un lenguaje, se define una estética particular.

¿Hay temas de arquitectura que te gustan más que otros?
– Si tuviera que elegir especializarme, elegiría la hotelería, el alojamiento para el turismo. Será porque nací en un hotel en Mar del Plata, que construyó mi abuelo en el año 1929. He abarcado temas muy diversos y de muy distintas escalas. Desde muebles, hasta hoteles, plazas y espacios públicos, como la costanera de San Martín de los Andes. Ahora estoy trabajando en el diseño de un pueblo, un tema apasionante, de una escala que trasciende la arquitectura. Pero las casas no dejan de ser un reto: no hay otro tema en arquitectura que tenga un destinatario tan real y concreto: al resolver una casa, se le da forma física a la vida de la gente.

¿La buena arquitectura es cara?
– No hay una relación directa entre el costo y la calidad arquitectónica. Con los mismos ojos, boca, nariz y orejas se puede hacer una cara fea o una cara linda. Los materiales son los mismos: la diferencia está en esas sutiles relaciones de proporciones de las que surge la belleza. Cuando la arquitectura es buena, no hace falta gastar en maquillaje. Cuando un diseño llega a su síntesis, lo superfluo no tiene cabida. Es honesto. No requiere más que lo que se necesita para cumplir con los cometidos. No hacen falta barroquismos, gestos decorativos, escenografías. Y esa honestidad de diseño da como resultado una sana economía de recursos.

Hablaste del tipo de arquitectura de antes, la de Alejandro Bustillo y la actual. ¿Cómo pensás esa historia y ese proceso de cambio entre el ayer y el ahora?
-Está bien saber de dónde venimos para poder pensar hacia dónde vamos.
En la Patagonia la arquitectura está muy marcada de “regionalidad”. Los pioneros hicieron como sabían, con la manera de construir que trajeron con ellos.
El período de Parques Nacionales estuvo marcado por la mano de Alejandro Bustillo y Ernesto De Estrada, que hicieron un ícono muy fuerte que representaba ese período refundador para proyectar su imagen al mundo. Aprender de estas arquitecturas no es seguir repitiéndolas: es valorar y entender la actitud de los que la hicieron y volver a preguntarse, permanentemente, cuál es la respuesta que hay que dar. No hay que tenerle miedo a afrontar la modernidad desde esa postura: lo antiguo tiene el valor de haber sido bueno en su época. No tiene sentido, por ejemplo, poner vidrios repartidos en las ventanas, que son caros e impiden las vistas, cuando hoy los vidrios se fabrican en paños de gran tamaño. Eso se hacía en el Siglo XVI, cuando no se podían hacer vidrios de más de 60 centímetros.

Hablaste de los concursos y de enseñar como una forma de aprender y “reaprenderse”…
– No hay mejor forma de aprender que enseñando. De lo que dejé cuando me fui de Mar del Plata, lo que más extrañé fueron mis cargos de ayudante en las cátedras de Diseño Arquitectónico de la Facultad de Arquitectura, sobre todo en la de Introducción al Diseño, una materia de primer año. Los chicos entraban sabiendo nada y terminaban el año sabiendo un poquito. Y ese salto de cero a uno era una inmensidad: durante ese año descubrían qué era la arquitectura. Tenían su primera noción sobre el espacio. Enseñar me obligaba a pensar todo el tiempo, a aclarar las ideas para ponerlas en palabras y en dibujos. Era un ejercicio continuo de aprendizaje y una motivadora gratificación.En cierto modo continué con el contacto académico a través de los concursos. Participé en varios concursos a nivel local, provincial y nacional. Y uno internacional, también. Tuve suerte de ganar unos cuantos. En los concursos hay programas pero no clientes. Por ese lado no hay condicionantes, pero tampoco retroalimentación. Las libertades son grandes, infinitas y es como proyectar para uno mismo. Lo que más aporta es ver la diversidad de respuestas que se presentan para el mismo problema y apreciar de qué forma otros encuentran soluciones que nunca se te hubieran ocurrido. El aprendizaje es inevitable: te abre la cabeza.

Un hotel en Machu Picchu
“Los concursos son una instancia fundamental de la arquitectura. De los concursos en que participé hay uno que recuerdo especialmente: un hotel para Machu Picchu, más precisamente en el cerro Putucusi. El diseño era una estructura de madera y vidrio, que se montaba con helicópteros, sólo apoyada en pocos puntos, con la idea de que el día que no estuviera más, no dejara ninguna huella: lo único que iba a quedar, como una humorada, era un túnel perforado en la roca que atravesaba el morro de lado a lado y era el acceso al hotel. La imagen era contemporánea y descartaba todo rasgo de la arquitectura incaica, ya que me parecía una falta de respeto establecer aunque fuera la más mínima competencia semántica con las ruinas”, cuenta Ángel Barceló.

Angel Barceló, Arquitecto
Tte. Cnel. Pérez 830 – Of. 9
8370 San Martín de los Andes
Argentina
02972 428072
arq@abarcelo.com.ar
www.abarcelo.com.ar

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