TELÉSFORO Y EL DOCTOR :: Otro efímero recorrido por la metafísica del arrabal

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No sé cuándo escuché la historia por primera vez. Tampoco recuerdo si fue sólo una. No importa. Allí está, orbitando en su propio sistema solar, eterna, conciente de su propia belleza y orgullosa de su encanto. Incluso los nombres de los protagonistas siempre me parecieron cercanos, familiares. Sabe el relato que no es indispensable para nadie, pero al mismo tiempo tiene la certeza de que en algún instante, indefectiblemente, habría de abandonar los límites difusos de sus propias fronteras.

Esa noche de verano viajábamos con mi padre por la Ruta Nacional 7, que une a Buenos Aires con Mendoza y más allá, con Chile. Manejaba yo, que me senté sin consultar del lado del volante. La Capital, metro a metro, se alejaba de nosotros y su majestuosidad se perdía, lejos, a nuestras espaldas. Volvíamos a casa. El destino era Junín o Alem, ya no recuerdo, poco más o poco menos de 300 kilómetros, no demasiado lejos de los “sures” de Santa Fe y Córdoba. Por la radio pasaban un tango tras otro y mi viejo se divertía acertando el nombre, el autor, el cantante y la orquesta en menos de un parpadeo. El viaje era agradabilísimo, íntimo. Teníamos toda la inmensidad del anochecer y de la Pampa Húmeda para disfrutar a nuestro entero antojo. No había apuros. No había ninguna razón para tenerlos.

Casi sin querer llegamos al puente del Salado, el río de la llanura “por excelencia”. Como teníamos tiempo, nos detuvimos un rato. La pausa aparecía como inevitable. Mi padre, médico al fin, venía de asistir a un enésimo curso, que en esa oportunidad versó, recuerdo, sobre los misterios insondables de la “cirugía mínimamente invasiva”, denominación académica y misteriosa que parecía el título de un cuento de Philip Dick. El Salado, en esa parte de su recorrido, era (es) un tanto miserable. Su cauce es muy angosto y cualquiera, con botas de goma, puede vadearlo. No tiene la belleza que ostenta en su desembocadura, en la Bahía de Samborombón, donde muere deglutido por las ávidas fauces del Atlántico. Allí parece tener sentido; en medio de la Pampa Húmeda es como si molestase y sólo parece haber sido una excusa para que ingenieros y arquitectos se lucieran en la construcción de un puente coqueto, indispensable, elegante, eficaz y resistente.

En el kilómetro 250 el cielo es un dibujo perfecto, que contrasta con la pobre economía de recursos del Salado. Lo miramos, en un prudente silencio, y adivinamos o creímos adivinar la constelación de Orión y su famoso “cinturón estelar”, esas tres estrellas inmensas que responden a los nombres de Delta Orionis, Epsilon y Zeta. Un poco más a la izquierda, si el infinito admite este tipo de clasificaciones, aparecía la Cruz del Sur, con Alpha y Betha Centauro jugando con la imaginación de todos los mortales. El “brazo mas largo”, dicen los navegantes, señala siempre la dirección del Polo Sur Celeste, un dato absolutamente inútil e irrelevante en el medio del campo. De cualquier manera, como escribiera Robert Louis Stevenson, “todos los sitios están igualmente lejos del cielo“.

El tránsito era pesado y los camiones, que volvían vacíos, avanzaban uno detrás de otro. Un colectivo de “La Estrella” nos obsequió un par de amables bocinazos y siguió rumbo a su destino. De repente mi padre, que había estado por algunos instantes encerrado en sus propios pensamientos, comenzó a hablar. Había encendido su único cigarrillo, ocasional y que me pidió a mí: hacía años que no fumaba. Desde hace ya tiempo tampoco fumo yo. Estaba apoyado en el auto, estacionado a una prudente distancia de la ruta, y miraba la clara oscuridad tras la que se ocultaba, nada más que por un rato, la eterna llanura. Lo cito de memoria y tras el paso de una buena cantidad de años:

“Antes, ir de Vedia a Buenos Aires era toda una odisea y esos 315 kilómetros se hacían eternos. Cuando estudiaba medicina, viajaba en camión, en el camión de un tipo al que conocía de toda la vida. Se llamaba Telésforo González, un gallego que había luchado contra Franco en la Guerra Civil Española. El acompañante era Virgilio Dantón Peralta, que era un poco más grande que yo. Mirá vos, pensá en los nombres de estos dos…. La abuela Esther, mi mamá, hacía montañas de milanesas y tortilla que comíamos durante el viaje, porque como llevábamos quesos para Buenos Aires, no se podía perder mucho tiempo.

Telésforo miraba el cielo una y otra vez para ver si iba o llover. Entre Vedia y Junín la ruta 7 era de tierra y los camiones hacían una huella enorme y si llovía, estábamos fritos, el barrial era insoportable y se inundaba todo. Cuando no llovía también, pero era más soportable. En condiciones más o menor normales, tardábamos más de tres horas para hacer 60 kilómetros. Siempre me acuerdo que antes de salir el Gallego se palmeaba la cola y decía “bueno, ostias, a saltar, culito lindo“. Es que el traqueteo era infernal, y eso que para la época, principios y mediados de la década del `60, el camión era una especie de maravilla, un Bedford 1959. Viajábamos lento y, al compararlos con los actuales, el camión era una carretilla. Además, no te olvides que la ruta era angosta y que en el puente viejo del Salado, había que frenar para dejar pasar al que veía del otro lado: no entraban dos vehículos al mismo tiempo Y cuando llovía mucho y se inundaba todo entre Vedia y Alem, a la altura de la estancia El Bagual, Telésforo se bajaba, media el agua con un palo, se mojaba las patas y le indicaba a Virgilio por donde tenía que avanzar. Después, se cambiaba las medias y agarraba otra vez el volante.

La ruta de tierra, además, suponía otro problema: no se podía tomar mate porque siempre se volcaba el agua, por lo que hasta llegar a Junín, era a pico seco o agua, nada más. Al primer respiro lo teníamos allí, en Junín, donde comenzaba el “macadam“, como decía el Gallego. Parábamos, estirábamos las piernas, controlábamos la presión de las gomas y otra vez a la ruta. Y ahora se podía tomar mate. Me sentaba al medio de los dos, con esa palanca de cambios impresionante entre las piernas y siempre era el cebador oficial.

Telésforo se había hecho peronista, era peronista hasta las muelas. Y Virgilio era uno de esos radicales que se llamaban a sí mismos “peludos” para diferenciarse de los conservadores. Era yrigoyenista a muerte. Los tiempos habían cambiado y él seguía igual. Estos dos tarados se peleaban durante el viaje, durante todos los viajes, porque Virgilio lo acusaba a Telésforo por la casa que había conseguido a través de la Fundación Evita en el Barrio Obrero de Vedia, ese que está atrás de la Escuela nº 1. Era una hermosísima casa y aún hoy el barrio es muy bonito. Telésforo paraba el camión en la banquina y le gritaba:

“Coño, que te bajas ya mismo, condenado, y te vuelves caminando a Vedia. ¿Pero que te has creído, hombre? ¿Es que contigo no se puede discutir? Además, mientes como un niño inocente porque eres un ignorante. Eso es lo que eres, pues el que te ha dicho que Perón es lo mismo que Franco, no sabe nada de historia“. Y así todo el tiempo. Virgilio lo hacía calentar medio a propósito y, por supuesto, jamás se bajó del camión. Pero no se tenían bronca, se querían mucho. Trabajaron juntos muchos años y el día que Telésforo murió, Virgilio no tenía consuelo, estaba desolado.

Durante el viaje a Buenos Aires no había paradas, salvo que se pinchara una goma. La entrada a la ciudad era lenta porque no existía el Acceso Oeste, así que teníamos que pasar por Luján, Moreno, hasta General Rodríguez, donde se hacía la primera descarga. No lo vas a poder creer, pero la primera detención era en lo del viejo Mastellone, en una fábrica chiquita que se llamaba La Serenísima. ” ¿Qué haces Gringo?”, ” ¿cómo te va, Gallego?”, se saludaban. Antes de volver a salir, el mismísimo Mastellone (que en esa época no era el “mismísimo” Mastellone) nos preguntaba si necesitábamos algo para comer, y aunque Telésforo era medio orgulloso, siempre nos regalaba dulce de leche, que era riquísimo, y galletas marineras.

En Buenos Aires, yo vivía en Lavalle y Salguero, arriba de la casa de tu madre. Allí la conocí y allí nos pusimos de novios. Ella ya estudiaba psicología. En la otra esquina, en Lavalle y Bulnes, había un restaurante de unos griegos amigos de Telésforo que se llamaba Mar Ionio. Era un bodegón y después de ese viaje infernal, una comida allí era como el supremo manjar de los diose, era como llegar al Olimpo y sentarse al lado de Zeus, de Poseidón, de Hera o de Afrodita. Algunas noches también se aparecía ApoloComíamos y a dormir. Ellos dormían en el camión y al otro día, después de descargar, Telésforo pasaba por mi casa para recoger la ropa sucia, que mi mamá lavaba en Vedia. Al regreso, me la traía limpia. Cuando me volvía con ellos, el viaje era más descansado, el camión estaba vacío y caminaba medio kilómetro más rápido… En todos los viajes de regreso nos deteníamos a comer en la parrilla de Malatesta, en Tres Sargentos.

Hace años que murió el viejo Telésforo. Incluso lo operé y lo atendí siempre. Cuando murió, estaba jubilado y hacía un tiempo que no manejaba. Lo quería mucho y nos veíamos para su cumpleaños o para el mío, o para las fiestas, cuando lo visitaba y nos comíamos unos salamines caseros y tomábamos una sidrita. Había mucha gente en el velorio de Telésforo, entre ellos Virgilio y yo, los dos hechos mierda. Pero hubo alguien que sorprendió a todos: Mastellone, que ya era veterano y, además ya era el “mismísimo Mastellone“, se apareció en Vedia con un auto con chofer. Saludó a la familia, a Virgilio y a mí me preguntó si “era el jovencito que estudiaba medicina”. Telésforo fue uno de los hombres más honestos y trabajadores que conocí en mi vida. Nunca me falló: yo sabía que aunque lloviese o cayeran sapos embarazados del cielo, Telésforo siempre llegaba”, dijo.

Lo más absurdo es que desde el día en que me recibí de médico ni Telésforo ni Virgilio me tutearon más, nunca más. Nada de Alberto, Bocha, Vasquito o Colmillo, como me llamaba mi tío Ignacio, el ciego, después que le leí Colmillo Blanco, de Jack London. Nada. Desde ese día, esos dos dementes me trataron de usted y de doctor. Y no hubo forma, jamás logré hacerlos cambiar de opinión. Las explicaciones de ambos fueron protocolares e inconcebibles y hasta me cansé de mandarlos al carajo. Pero allí están, así eran: Telésforo desde arriba y Virgilio desde acá nomás, los dos tratándome, todavía, de usted.”

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